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Dramático momento: Detalles que hacen que Emily en París sea una serie de su tiempo y no un Gossip Girl

La serie parece haber puesto de manifiesto que se ha vuelto a esa época en la que nos gusta un producto comercial

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Mucho se ha escrito y dicho de Emily en París, uno de los éxitos de Netflix del año, que tendrá tercera temporada temporada. Según ASOS, “las ventas de sombreros se han incrementado en un 48% respecto al mismo periodo del año pasado.” Un ascenso que vinculan a la popularidad de esta ficción articulada alrededor de la llegada de una peculiar estadounidense a París. Asimismo, en Lyst, la plataforma de compra de moda denominada, a su vez, “una fuente única de inteligencia global de moda.”

Se menciona esta serie como uno de los hitos del 2022 y una muestra de cómo “la cultura pop influyó en nuestra manera de vestir.” También se ha hablado de los imposibles looks de la protagonista, interpretada por Lily Collins; de la arrogancia estadounidense de creer que pueden descubrir el buen hacer del marketing a los franceses y de lo muy enfadados que están estos con la representación que tienen, clichés sobretodo, en la ficción creada por Darren Star, creador de Sexo en Nueva York.

Sin embargo, la opinión pública se divide entre quienes no pasaron del primer capítulo de Emily en París y se vanaglorian por ello en una muestra de posicionamiento intelectual un tanto anacrónico, es decir, la buena y mala cultura, la alta y baja cultura; y quienes admiten que les ha gustado con un aparentemente indiferente «pues a mí me ha gustado, es entretenida.» El problema es ese: que hayamos vuelto a esa época en la que cuesta admitir que te gusta un producto comercial sin más pretensión que ser un producto comercial.

Es criticada aún por los franceses pero también vista por ellos

Pese a que se cae en el estereotipo de la enemistad entre mujeres, sumándose a este la diferencia de edad, es decir, la mujer madura que se siente amenazada por la millennial, hay varias muestras de que esa aversión es unidireccional. Sylvie es la villana de la que Emily, la heroína, busca la aceptación. En la serie, esa actitud se muestra como consecuencia de la nacionalidad. Tanto es así que los mandamientos laborales que la joven importa de su oficina de Chicago, que reclaman un buen ambiente en la oficina, parecen molestar a los franceses hasta un punto caricaturesco pero aún así la ven. 

Otro componente que hace de Emily en París una serie de su tiempo es el retrato que hace del mundo del marketing antes y después de las redes sociales. De cómo las empresas orientadas a lo digital han comido terreno a las de estilo boutique, de métodos convencionales, incluso cuando se trata de una cartera de clientes del sector del lujo. Se plasma la aversión de una generación o una élite, a la libertad de la moda, la inclusión y su intelectualización o convergencia con la realidad sociopolítica.

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